EL PETARDERO SOLITARIO



Para variar mi pueblo está en fiestas, no me preguntéis que se celebra porque no tengo ni pajolera idea.

No es que me molesten las fiestas al contrario, además tengo la “suerte” de que mis ventanas dan a la calle por donde normalmente circulan las carrozas, els diables (diablos), las ruas, las carreras de bici o sea cualquier celebración discurre por debajo de mis ventanas.

Cuando la cosa se produce a una hora razonable soy la primera en participar de la algarabía, pero cuando el sol todavía bosteza y no se ha puesto en marcha me resulta bastante difícil alegrarme con el festejo.

Pero hay una cosa que me molesta por encima de las demás, más que molestarme me pone de una mala leche de no te menees, son los petarderos solitarios.

En cualquier fiestorro que se precie no pueden faltar los castillos de fuegos, los petardos silbantes, las carretillas, en fin todo el aparejo que lleva consigo la celebración sea lo que sea lo que se celebra, pero los petardos solitarios no son solidarios ni participan de la juerga general, van por libre, son traidores y se cuelan por todos los orificios auditivos, olfativos y de los otros.

Centenares de explosiones, petardeos, silbatos, bombos, todo a un tiempo se unen a la fiesta y una desde la ventana lo contempla y apaga la tele porque total para qué si igualmente aunque esté a todo trapo no la oyes. Aplausos, risas, jijiji, jajaja, que bonito y al cabo de un rato pasan los rezagados con el bombo a cuestas y se acabó la cosa, ¡pues no! Ahí es donde aparece el petardero solitario, cuando el silencio es mayor, cuando el olor de la pólvora quemada ya abandona tus fosas nasales y una enciende de nuevo el televisor y se relaja ¡BOOOOMMMM! El petardero solitario te ataca a traición.

Lo habitual es saltar como un resorte y sentir el corazón a tropecientos por hora, te cagas es tooo, maldices por lo bajini o a voz en grito eso ya depende de cada ser humano en particular, sales furiosa a la ventana a ver si les ves la cara al que s’ha tirado el pedo, pero no, no hay nadie, ni rastro del atacante.

Normalmente sigues refunfuñando pero te tranquilizas y te apoltronas otra vez delante de la tele, empiezan a pesarte los párpados, el calorcillo de la ñoña te invade y ¡BOOOOOOMMMMM! Otro ataque desde las filas enemigas.

Debería estar penado pegar esos sustos a la gente, porque una no puede calcular el momento en que alguien soltará el estruendoso pedo, por lo que no puedes pertrecharte para el ataque, ¡siempre te pilla de sorpresa!.

He puesto el ejemplo de una fiesta, pero ¿y cuando gana el partido el equipo del señor pedorrero?, porque ahí sí que es imposible preverlo y más yo que no soy nada futbolera. A cualquier hora cualquier día de la semana se mandan un ¡BOOOOOOMMMM! Y se quedan tan anchos.

Si supiera dónde guardan los suministros los empapaba bien empapados de agua pa que no volvieran a petardear de forma tan descontrolada.

He pensado en poner una pancarta que diga ¡PETARDEROS SOLIDARIOS AL PAREDÓN! Pero me han aconsejado que no lo haga si no quiero que decidan convertirme en su santa patrona y dedicarme un petardo día si día también.

Pequeñas molestias de la vida cotidiana.